jueves, 26 de julio de 2012

LA SUERTE TIENE LUNARES NEGROS - Ruben Ivanoff


El pantano despedía horrorosas burbujas, mientras la putrefacción parecía estar en ebullición en su interior. El olor era nauseabundo, y los árboles que cubrían completamente el cielo no permitían saber si era de día o de noche. Miles de insectos de diferentes especies reptaban a los pies de Carlos, que en medio de ese espantoso escenario se encontraba terriblemente asustado.
Entonces, como si el mal emergiera desde el fondo del pantano, una enorme burbuja comenzó a formarse en la superficie. Algo estaba saliendo del fondo del lodazal, y no iba a gustarle nada, ya que una araña enorme estaba asomando sus patas lentamente.
El monstruo, tomado de la más tenebrosa historia de terror, era casi tan grande como un hombre, y sus largas y peludas patas se le acercaban peligrosamente, mientras las mandíbulas de la araña chocaban entre sí, produciendo un extraño chasquido que aterrorizaba al más valiente de los mortales.
Carlos intentó correr, pero algo invisible frenaba sus piernas. No tenía forma de alejarse de allí. Estaba petrificado por el miedo y la angustia.
Luego de hacer un esfuerzo sobrehumano, de alguna manera consiguió que la araña mágicamente desapareciera en un estallido repentino de luz. Por supuesto, esto sucedió en el momento preciso en que abría los ojos, luego de despertarse sudoroso y agitado de la pesadilla que acababa de sufrir.
Todavía no se había repuesto del todo, y se disponía a sentarse, cuando descubrió que frente a su vista todavía estaba el monstruo. Pero había cambiado de color, este monstruo era anaranjado con lunares negros, y parado sobre su nariz, lo miraba inquisidoramente con dos pequeños ojos de color negro. Enseguida comprendió que lo que había sobre su nariz, era una vaquita de San Antonio, mientras el corazón aún le latía con fuerza a causa del susto, con sus manos comenzó a palpar la cama alrededor, para buscar algo que le sirva para ahuyentar al insecto si tener que matarlo. Si bien sentía un gran miedo a todos los bichos, las vaquitas de San Antonio le parecían absolutamente inofensivas. Además, sabía que matarlas podía traer mala suerte.
Buscando con los dedos, descubrió algo que le heló la sangre nuevamente: justo encima de su estómago, y apuntando hacia él, había un cuchillo de cocina. Recordó entonces que la noche anterior había estado comiendo en la cama, y seguramente la longaniza (para eso utilizó el cuchillo), le había caído mal, y la indigestión le provocó la pesadilla. El hecho, es que de la forma en que el cuchillo estaba apoyado, si se hubiera sentado, seguramente se lo hubiera clavado involuntariamente en el vientre.
Bendiciendo a la suerte, tomó el cuchillo, y luego de apartarlo finalmente se sentó. Luego con cuidado acercó un dedo a su nariz, invitando de esta forma al insecto que lo había salvado a cambiar de lugar. La vaquita, sin pensarlo dos veces (posiblemente tampoco una vez), pasó a su dedo, y Carlos la observó un momento detenidamente. No era tan horrible después de todo. Además le había traído buena suerte. De no ser porque lo había asustado parándose en su nariz, él se hubiera clavado el cuchillo.
Entonces tuvo una idea. Trataría de compensar de alguna forma a su pequeña salvadora. Recordó que tenía un frasco con miel en la heladera, y buscando una pequeña cuchara le ofreció un poco a su nueva amiga. La vaquita dudó un instante, pero luego se dirigió directamente a la miel, y parecía gustarle.
Esa mañana, Carlos debía concurrir a una entrevista de trabajo. Hacía varios meses que no tenía suerte, y no podía conseguir un buen empleo. Entonces se le ocurrió que un poco de suerte extra no le vendría nada mal. Tomó una caja de fósforos pequeña, y colocando en su interior unas gotitas de miel, logró hacer entrar en ella al insecto. Luego la cerró, y la guardó dentro del bolsillo interior de su saco.
“Toda cábala es buena para conseguir trabajo”, se dijo, y salió corriendo a la entrevista a la que llegaría seguramente tarde…

Horas después, volvió a su casa más feliz que perro haragán con cola automática. No solamente había conseguido el puesto. Además le pagarían mucho más de lo que él había esperado. Dispuesto a celebrar, preparó dos copas, y abriendo una botella de champagne, se sirvió un poco en una de ellas, mientras Araceli (en el camino al trabajo le había puesto nombre a su singular mascota), daba cuenta en la otra copa de una sabrosa gota de miel.
Desde entonces no se separaba de su cajita, donde siempre llevaba a Araceli; y había tenido mucha suerte. Había ganado muchas veces a la quiniela, se había ganado la rifa de pascuas de la panadería del barrio, ¡Hasta había conseguido que la chica que le gustaba saliera con él algunas veces!. Era un tipo completamente feliz, y todo se lo debía a su pequeña amiga.

Cierta tarde, luego de regresar del trabajo, Carlos se dispuso a darse una ducha para refrescarse, debido al agobiante calor que estaba azotando a la ciudad. Se quitó la camisa ni bien entró a su casa, y cuidadosamente colocó a Araceli sobre una mesa, dejando cerca de ella su merecida gotita de miel. Luego fue hasta el cuarto de baño a preparar su ducha, y al regresar se quedó boquiabierto con la escena que se presentó a su vista, y sus piernas comenzaron a temblar visiblemente.
Sobre la mesa, a escasos centímetros de Araceli, se encontraba una enorme y peluda araña, que seguramente se había descolgado del techo. Era idéntica a la de su pesadilla. A sus asustados y exagerados ojos, era casi tan enorme como la del sueño.
La vaquita parecía no haberse dado cuenta de la macabra presencia, y continuaba saboreando su manjar, sin inmutarse. La araña, estaba moviéndose lentamente, para no ser detectada, y sus largas patas tanteaban la superficie de la mesa, mientras sus escalofriantes ojos se encontraban clavados en la presa.
¡Tengo que hacer algo!, pensó. Y sobreponiéndose a su fobia, tomó una de sus pantuflas con la intención de asestarle un merecido golpe a la araña que pretendía acabar con su amiga y con su suerte, todo en un solo acto.
Se acercó despacio, temblando de miedo, y trató de colocarse detrás de la línea de visión de la araña. Lentamente elevó su brazo, calculando la dirección del golpe, mientras no perdía detalle de los movimientos de los insectos.
Entonces se decidió. Aspiró profundamente, e impulsando con fuerza su brazo hacia abajo, comenzó la carrera de la pantufla justiciera hacia la araña macabra…
Todo sucedió en cámara lenta: Araceli de repente se quedó muy quieta. Había detectado al depredador. A la velocidad de un relámpago, abrió su caparazón, desplegando las alas transparentes cubiertas bajo él, y tomó vuelo rápidamente, mientras la araña observaba como su presa se le escapaba de las patas.
Carlos, viendo todo esto, no podía frenar la fuerza de su brazo, y sus ojos se agrandaron enormemente al descubrir que Araceli estaba pasando justo por encima de la araña, al momento en que la pantufla llegaba a destino. Se escuchó un fuerte ¡Plaff!, y una cantidad exorbitante de líquido amarillo brotó por debajo de la suela del arma homicida (o insecti-cida, mejor dicho).

Carlos no era muy afecto a las despedidas. Le causaban mucha tristeza. Tal vez por eso es que sus ojos estaban por estallar, mientras salía al jardín de su casa, llevando en sus manos la cajita de fósforos, hogar de su más querida amistad inter-especies.
Silenciosamente, se acercó a una de las plantas, (la que le pareció más bonita), y se arrodilló en la tierra, con la cajita en las manos. Luego de unos segundos de silencio, suspiró profundamente, y abrió la cajita. cuidadosamente, extrajo a su amiga de la caja, y colocándola sobre una de las hojas, le dio lo único que ella necesitaba, y que él, cegado por su egoísmo y ambición nunca había accedido a otorgarle: su Libertad.
Carlos se decidió finalmente a liberar a su mascota, luego del incidente con la araña, ya que comprendió que seguramente sería mucho más feliz en su hábitat natural, junto a otros de su especie, que encerrada en una caja, “trabajando” de improvisado amuleto animado. Estaba agradecido por la suerte que Araceli le había traído, y ahora quería compensarla por tantas alegrías.

Araceli lo miró una última vez, y como si de alguna forma hubiera podido comprender lo que estaba sucediendo, hizo un guiño con sus alas en agradecimiento, y voló suavemente, hasta perderse de vista entre los rayos del sol.


Ruben Ivanoff