sábado, 14 de julio de 2012

EL SEÑOR "6" - Ruben Ivanoff


Como crupier, a lo largo de mi carrera he visto cosas sorprendentes, pero tal vez nada tan extraño como el caso del “señor 6”.
Llamábamos así en el casino a un hombre que tenía una de las cábalas más curiosas que he visto: todos los días 6 de cada mes, a las 6, el señor se sentaba en el lugar 6 de la mesa de ruleta, y apostaba al número 6. Eso era bastante sorprendente, pero también lo era el hecho de que jamás había ganado absolutamente nada. Ni un centavo. Todas y cada una de sus apuestas al número 6 habían ido a parar al gran pozo sin fondo del casino.
Ya todos los empleados conocíamos su ritual. El hombre, de unos 40 años, llegaba solo, pulcramente vestido, con un traje un poco descolorido ya por el paso del tiempo, y sin mediar palabra con nadie, compraba seis fichas, y las apostaba todas al número 6, a las 6 en el puesto 6.
Para todos era una gran intriga, pero nadie se atrevía a preguntarle nada El rostro sin expresión y la mirada perdida en la distancia, convertían al “señor 6” en un tipo absolutamente hermético. Lo único que habíamos podido averiguar era su nombre: Bruno.

El día 6 de junio, era para la mayoría un día más del calendario. Para muchos, pero no para Bruno. Especialmente éste, ya que corría el año 2006. (O sea que era el día 6/6/6).
Desde chico, la vida de Bruno estuvo marcada por el número 6. Nació el 6 de junio del 66. Se casó un día 6, su primer hijo también nació un día 6. Todos los acontecimientos importantes en su vida habían acontecido los sextos días del mes. Hasta su nombre completo: Bruno Bautista Baigorria. ¡Las tres “b” que componen sus iniciales “bbb” se asemejan mucho al número “666”!.

E 6 de junio de 2006, Bruno cumplía años. Y ese día en especial le tenía reservado un destino que él no podía imaginar.

Luego de fallecer su esposa e hijo, en un accidente automovilístico (de más está decir que fue un día 6), la amargura había cambiado completamente la vida de Bruno. Él estaba seguro de que algo macabro signaba su vida. Todos esos números 6 no podían ser casualidad. Secretamente, pensaba que el demonio estaba detrás de todo esto ya que el número 666 siempre estuvo asociado a “la bestia” del Apocalipsis, y al anticristo. Con su vida arruinada, y con absolutamente nada que perder, decidió desafiar al destino, y para hacer más grande el reto, jugar en su propio campo. Cierta tarde, descubrió por casualidad que sumando todos los números que componen la ruleta, (del 0 al 36), se obtiene el número 666. Así fue que planeó su curioso ritual: cada día 6, jugaría seis fichas al 6 en el puesto 6 de la ruleta. El día que consiguiera ganar, sería como vencer en el reto al destino, y la maldición del número 6 desaparecería definitivamente de su vida.

Un día, que tanto yo como todos mis compañeros nunca podremos olvidar por los acontecimientos que se desarrollaron, era mi turno a la mesa de ruleta, así que tuve nuevamente el extraño privilegio de oficiar de crupier para tan singular apostador.
Ese día 6, Bruno llegó al casino, puntual como siempre, ante la mirada curiosa de los presentes, que ya conocían “el extraño caso del señor 6”. A Bruno le tenía sin cuidado lo que pensaran. Sólo él sabía por qué estaba allí, y a nadie más que a él debía interesarle.
Compró sus seis fichas y se dirigió hacia la mesa. Con total tranquilidad esperó unos pocos minutos hasta que dieron las seis, y colocó sus fichas al número 6.

Mientras Bruno esperaba la tirada, ingresó a la sala una mujer que acaparó las miradas de la mayoría de los hombres presentes. Se trataba de una pelirroja con un cuerpo escultural, que apenas cabía en su ajustado vestido de color rojo sangre. La mujer, magnetizando a todo el mundo con su presencia arrolladora, se dirigió directamente hacia mi mesa, ubicándose justo al lado del “señor 6”.
Por unos momentos, olvidé que estaba a punto de arrojar la bolilla, y para compensar el tiempo perdido, impulsé un poco más la rueda, lo que me dio unos pocos segundos más para admirar las curvas de esa excepcional mujer.
Se notaba a simple vista que Bruno se había puesto un poco incómodo sintiendo tan próxima a esa espectacular fémina, pero rápidamente se repuso y se concentró en la rueda, tratando avergonzado de no observarla tan descaradamente.
Entonces la mujer, susurró algo que no pude escuchar al oído de Bruno, quien se mostró sorprendido. Ella lo miraba expectante, mientras él, como movido por alguna fuerza más allá de su poder, acercaba la mano a la pila de fichas, dispuesto a moverlas, todavía sin comprender por qué. ¡Esa mirada era tan encantadora!.
La pelirroja sonreía mientras Bruno se disponía a realizar algo que no hubiera imaginado segundos antes. Una suave brisa que provino quién sabe de donde, apartó levemente los rojos cabellos hacia un lado, y Bruno alcanzó a ver algo que lo dejó petrificado. En una rápida mirada, alcancé a ver lo que “el señor 6” había visto: La mujer llevaba un tatuaje en su cuello, y el mismo representaba algo que Bruno conocía muy bien. Era el número 666.
Tratando de no perder detalle de la escena, arrojé la bolilla que comenzó a girar raudamente en sentido contrario a la rueda.
Mientras tanto, la gente en derredor se estaba concentrando para curiosear lo que pasaba.
¿El señor 6 iba a cambiar su jugada?. ¡Algo especial debía tener esa pelirroja!.
De repente, Bruno se detuvo. Dudó un instante, y luego volvió a acercar la mano a las fichas. Pero finalmente se detuvo, desistiendo de su intento, y me miró a los ojos, asegurándome sin palabras que dejaría las fichas en su lugar.
La bolilla comenzaba a perder velocidad rápidamente, así que aliviado anuncié: “¡No va mas!”.
Entonces, la pelirroja se acercó al hombre, que la seguía observando con terror en sus ojos. Lo miró fijamente a los ojos, y lo besó suavemente, para luego alejarse por donde había venido, como si nada pasara.
La bolilla estaba rebotando entre las placas separadoras de números, y parecía que no iba a detenerse nunca. Finalmente, detuvo su alocada carrera, cayendo definitivamente en el número 6.
Con una extraña alegría, tal vez inspirada por la simpatía que me producía tan singular personaje, anuncié: “Negro el… ¡6!”. Y entonces observé a Bruno, esperando encontrarme con una sonrisa, una cara de felicidad o algo así. Nunca hubiera imaginado que me encontraría una mirada vacía, carente de toda expresión, en un rostro pálido como la muerte misma.

El “señor 6” había muerto sentado en su silla, observando fijamente la bolilla detenida en el número 6. Nunca se pudo comprobar si la pelirroja (a quién nunca la policía pudo ubicar), le había ocasionado esa extraña muerte. En el casino, la gente que es por demás supersticiosa decía que la pelirroja era el demonio, y que le había dado el beso de la muerte. Personalmente, a veces creo que pudo haber sido un ángel…

Lo cierto es que el “señor 6”, a pesar de su rostro incólume y sus ojos apagados, mostraba una extraña sonrisa ladeada. Tal vez la sonrisa de alguien que, de alguna manera, se ríe de las inexplicables ironías del destino.

Ruben Ivanoff