domingo, 22 de enero de 2012

EMPAREDADA - Ana Lucía Montoya Rendón




Eran muchos, vestidos de blanco. dijeron debía olvidar todo concepto
de ensoñaciones, de ideas, de planes. exigieron no elaborar proyectos.
no era necesario esmerarse en crear un mundo nuevo. dejar correr el
agua. dejarla ir cima abajo. quedarse viéndola caer sobre el valle,
sutil como velo de novia. saberla deslizándose sobre una superficie
que aunque rugosa se dejaba vencer por el ímpetu del alma de los
líquidos. así con el poder de ese agua se disolvían las noches y con
ellas la necesidad de sentir el sereno. quedaba como campo arrasado la
capacidad de ser. si, ese día sabía que algo de su entorno había
cambiado. las sensaciones de calor y de color no aparecieron más. solo
veía desfilar ante sus ojos un proceso acelerado de pérdida. todo lo
que se movía se hizo parte del mobiliario. todo quedó fijo como una
fotografía, solo que ésta estaba en 3D y el tono sepia le hablada de
la muerte acercándose en picada sobre ella y todo lo que quisiera
anhelar. en la habitación estaban el soporte para las bolsas de suero,
la silla para el visitante, la mesa de comedor, el tarro para la ropa
sucia, las canecas para la basura regular, el pote rojo para la basura
de riesgo, la cama enfermera, una mesa de noche, un teléfono, un
televisor, el cuarto de baño, las bolsas de los fluidos de la orina
expulsada por la uretra y del drene sangroso del riñón derecho. viendo
todo eso, dio un portazo y se largó o flotó. ni supo.

- sabe cómo se siente la congelación de la vida entre dos mundos?-
preguntó con voz cansada, mirando a través de la ventana las pintas de
rojos, amarillos, verdes y ocres de los árboles, entreveradas con el
concreto de los bloques de edificios que conformaban el sanatorio. su
pregunta era más una reflexión que un comunicado. no quería respuesta
alguna, solo hablar o susurrar.

así, congelada, pedazo de carne entre dos rebanadas de pan, el relleno
de un sánduche de realidades y sueños, porque, eso era lo que le
ocurría. era la imagen y el alma de ésa que se miraba en el espejo
todos los días para depilarse las cejas. mundo rígido de tonos tristes
y silencios, donde había muerto hacia varias décadas y otro paralelo,
que, se movía entre los colores de la vida radiante y la algarabía
palpitante de lo que ocurría afuera de sí misma. hoy, justo hoy, dicen
de ella, "la que fue", por la que se reza un novenario y sin descanso
toman muchas tisanas y tazas de café. no quiso volver a hablar por un
buen rato. estaba sumergida en una montaña de olvidos. ese punto de
fuga se había vuelto su tabla de salvación y la llevaba a guardar como
una joya lo poco que de ella  había quedado. ¿dónde hallar la
convergencia? ¿dónde coincidir? ¿dónde encontrar ese punto "cero" que
todos saben existe pero que tantos ignoran dónde está? esa fusión de
mundos le dejaba flotando entre ser y no ser, viviendo entre lo
tangible y lo sutil, entre la alegría y la nostalgia, entre el amor y
el odio, entre el infierno y el cielo. hubiese querido quedarse en ese
punto muerto, sin tener que ir a una fosa. quedarse en ese lugar donde
no importa la piel ni los sentimientos, mucho menos la abstracción de
las ideas, ni ser lógico o iluso. desde esa apertura de la mente sabía
que podía lanzarse al vacío desde sí misma y viajar al infinito de
dónde nunca debió venir.

- ¿sabe?- preguntó de nuevo. - ¿quiere saber usted cómo he sobrevivido
en este emparedado? pues fíjese, sólo me he enterado que vivía así
cuando empecé a sentir que hacían cortes a mi pobre ego. la primer
dentellada alcanzó a mutilar mi cabeza y me despertó a una dulce
inconsciencia, así, como entre brumas supe que se congelaba mi ser y
me envolvía un sopor delirante. allí en ese punto se me despertó el
ansia de caer, de despeñarme, de corresponder a las tinieblas que me
engullían atrayéndome y que, vertiginosamente me llevaban hasta un
lugar donde todos vivían de igual manera. allí todos éramos
hibernantes.

- mire señor, allí, alguien abrió el refrigerador y dejó divisar
dentro de él una cabeza deforme, como si la persona dueña de ella
hubiese muerto por el impacto contra un automóvil. se ve muy bien que
esa cabeza ha sido recogida con cuchara para armarla de nuevo, para
poder saber la identidad del muerto. se ve que recogieron esos restos
así como se hace con las muñecas de porcelana cuando se rompen. de esa
nevera chorreaba todo lo que había discurrido por la mente de quien la
había poseído. qué dolor! hoy está convertida en algo similar al
contenido de una excreta. ése fue el último pensamiento que pasó por
su mente, - me he vuelto mierda!


  Ana Lucía Montoya Rendón
noviembre 2010