martes, 22 de enero de 2013

LA DOCEAVA CAMPANADA - Ruben Ivanoff


Soy la número 12.

En mi corta vida apenas he anhelado unas pocas cosas: crecer fuerte y sana, desarrollarme, madurar y tener la posibilidad de trascender de alguna manera. ¡Es que mi existencia ha sido tan monótona!. Nací en el campo, en primavera. Rápidamente crecí y me formé, tratando permanentemente de sobresalir entre mis compañeras, porque siempre supe que tenía un nivel de conciencia superior a las demás. Sin embargo, numerosas limitaciones impedían que demostrara mi capacidad.

Hasta que llegó el día en que literalmente me arrancaron de aquella apagada existencia. Conocí una buena parte del mundo. Viajé muchos kilómetros en busca de mi destino, el cual desde un principio pareció estar signado por la voluntad de otros. Pese a mi inteligencia, jamás se me dio siquiera la oportunidad de demostrar mi valía. Fui encerrada junto a otras como yo.

Mi prisión no se parecía en nada a la vida en el campo. Ya no podía ver todos los días la luz del Sol. Mis compañeras y yo, en un espacio en que apenas cabíamos todas, estábamos obligadas por las circunstancias a permanecer a oscuras, a la espera del momento mágico en que el destino final de nuestras vidas se cumpla, y por fin podríamos ser libres.

Todos los días soñaba con ese momento. ¿Cómo sería?. ¿Qué sentiría al cumplir la meta final de mi vida?. No veía la hora de que llegara el día.

Varios días antes del ansiado momento, aún desde mi prisión podía vislumbrar que en el exterior la actividad habitual estaba cambiando. Todos se preparaban para una gran fiesta. Hubo mucha agitación en la prisión, y tanto mis compañeras como yo fuimos fuertemente sacudidas. ¿Qué estaba pasando?. Finalmente comprendí que el momento de la verdad se acercaba. Alguien estaba abriendo la puerta que nos conduciría hacia nuestro destino. La luz penetró a raudales en la prisión que ya no era tal, y el futuro se presentaba ante mí.

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Soy la número 12.

Mis once predecesoras ya no están aquí. Sólo yo quedo rezagada, al final. Según la creencia, se supone que la doceava campanada del reloj indicará el momento exacto en que mi vida llegue a su fin. Es una pena. Me hubiera gustado conocer un poco más el mundo. Saber el por qué de esta extraña tradición que me llevará a la muerte… ¿O tal vez a otra vida?. Seguro que sí. Incluso, en mi próxima vida, a lo mejor me toca estar del otro lado…

Aunque no estoy tan convencida. Creo que me sentiría un poco rara comiéndome a alguna de mis congéneres. Si fuera humano, creo que mi cábala de fin de año, ¡no involucraría a doce inocentes uvas!.