martes, 22 de enero de 2013

ERASE UNA VEZ, LOS LIBROS. - Franco Barbaran


Es tan gratificante y hermosa la compra de un nuevo libro, que no puedo evitar disfrutar táctil y olfativamente todo aquel rejunte de palabras.
Soy como un niño. Recorro con cautela y misterio sus bordes. Admiro y contemplo con toda la sensatez que pueda tener mi alma la contratapa.
¡Pero es algo nuevo! : Realizo jugarretas tontas antes de comenzarlo. Me cebo de todos sus componentes exteriores antes de sumergirme por completo en esa otra realidad. Abanico como naipes sus hojas nunca antes ajadas. El olor a tinta, pegamento y editorial es agradecido por mi nariz.
Puedo estar loco, lo sé. Pero hay demasiada magia con tales cuestiones.
Resulta que con los libros hay muchas diversas magias. No solo se dan con un libro nuevo tales artificios sobrenaturales, sino también con libros viejos. Pero esa ya es otra historia.
Ahora bien. Resulta que lo mejor de todo el ritual aún falta.
El autor de la obra está en cada letra y palabra. En cada hoja. En cada capítulo.
Lo que sucede ahora es que se entablará un pacto. Se entablará con el tiempo una amistad. Se conocerá un sujeto tan desnudo y se profundizará tanto en su ser, que se cuestionará incluso el raciocinio de las amistades humanas, físicas y cotidianas.
Yo puedo decir con certeza que conozco mejor a una persona cuando leo sus escritos.
Obvio el contacto físico con un amigo es hermoso, pero el contacto con las letras de su brutalidad, de su paz, de su vida, de sus otras vidas, es francamente el pacto surrealista que se establece con el artista al devorar su obra.
Un párrafo aparte, puedo dedicar además a la temática no menos importante de comer palabras de un artista ya difunto. 
Uno se va a ir desgraciado de este mundo y solo van a quedar nuestros hijos y nuestros libros. Es por ello que un delicioso escalofrío me recorre el cuerpo cuando leo algo de alguien que ya no está en este mundo. Un respeto absoluto me invade. ¡Aquellas van a ser palabras vivas aún! Y van a vivir hasta que el mundo se acabe. Van a vivir en los ojos que las quieran leer y en las bocas que las quieras decir.