lunes, 6 de agosto de 2012

EL BANQUITO ROJO - Ruben Ivanoff


Ese domingo, Silvina se había despertado un poco más adormilada que de costumbre. La noche anterior había festejado su cumpleaños, y la fiesta se había extendido hasta la madrugada. Lentamente, arrastrando un poco los pies en la alfombra, mientras sus dedos ayudaban a sus ojos a despegarse, caminó hacia el baño. Hoy no le tocaba trabajar, así que aprovecharía para llenar la bañera, y sumergirse en un relajante baño mañanero.
Cerca de media hora más tarde, su cuerpo decidió finalmente terminar de despabilarse. El baño le había sentado muy bien. No así la sorpresa que se llevó al salir de la bañera y observar casi de casualidad el espejo. El vapor había empañado el vidrio, y de alguna manera que ella no alcanzaba a explicarse (estaba sola en la casa), alguien había escrito con el dedo sobre la superficie del mismo: “¡No vendas el banquito rojo!”.

No sabía qué pensar. No entendía cómo alguien pudo haber entrado hasta el baño donde ella estaba, escribir el mensaje y después salir nuevamente sin hacer el menor ruido. Además, el mensaje en sí no tenía para ella ningún sentido. ¿banquito rojo?. No tenía ningún banquito rojo.
Se le ocurrió entonces que podría tratarse de una broma de su novio. Era posible que él haya escrito el mensaje durante la fiesta de la noche anterior. Seguramente la huella quedó marcada en el espejo, pero no se pudo ver hasta que el mismo se empañó. Podría ser… Pero igualmente no entendía la broma ni el mensaje. Sin embargo, con la firme intención de no dar el brazo a torcer, y para no darle la satisfacción de haber caído en su broma, resolvió no decirle nada.

Muy pronto se olvidó del asunto, y se dedicó a sus actividades matutinas. Hoy tenía pensado dedicarse a descansar, tenía una semana difícil por delante. Había mucho trabajo por hacer, ya que ella y su novio finalmente habían decidido casarse, y debían iniciar los trámites correspondientes.
Sin embargo, hoy se dedicaría a terminar ese libro que la tenía atrapada desde hace varios días, “La casa hechizada”, el clásico de Dickens. No podía dejar de leerlo, ya que le apasionaban las historias de fantasmas.

Cerca de las diez de la mañana, mientras ella se encontraba sumergida en la lectura, sonó el timbre de la puerta.
Era el correo. Silvina recibió una carta certificada.
Ansiosa por saber de qué se trataba, rompió el sobre ni bien cerró la puerta, y se encontró con una nota de un abogado procedente del sur del país. En la nota, se le informaba que ante el fallecimiento de quien fuera su abuela, (con quien no tenía contacto desde pequeña), ella había heredado una casa ubicada en Bariloche.
No sabía si alegrarse por la herencia, o apesadumbrarse por su abuela, pero hizo un poco de las dos cosas. Pocos minutos después, cuando hubo asimilado la noticia, llamó a su novio para relatarle lo sucedido. En sólo dos semanas estarían casados, y esto de alguna manera empañaba un poco la felicidad de tan ansiado momento.

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La casa de la abuela no era finalmente tan grande como los abogados le habían hecho creer. Se trataba sí de un complejo de cabañas bastante bien ubicadas cerca del cerro catedral, así que sin duda la casa debía tener un valor considerable, teniendo en cuenta la gran actividad turística en la zona. Estuvo hablando con su esposo, y habían acordado ir a pasar unos días allá, como luna de miel, y luego mantener la casa en alquiler, para generar un ingreso extra que no le vendría nada mal a la pareja de recién casados.
Recién llegados, algunos vecinos los observaban y murmuraban entre sí. Esto la puso un poco nerviosa, pero Jorge (su marido), no parecía inmutarse en lo más mínimo. Decididamente ignoró el hecho y comenzó a bajar las valijas.
Luego de tomar posesión de la casa, decidieron hacer un recorrido para ver el estado de las habitaciones, y comprobar si necesitaban algún tipo de mantenimiento.
La última habitación en revisar, era la de la abuela. Silvina tenía vagos recuerdos de aquella habitación. Recordaba a su abuela, que le tejía bufandas, sentada en un pequeño banquito. Sonrió para sus adentros al recordar la tierna imagen de su abuela encorvada sobre la lana.
Al despertar de su pequeña ensoñación, descubrió que Jorge le estaba diciendo algo sobre limpiar esa habitación, y colocar muebles nuevos. ella le dijo que quizá algunas cosas podrían guardarlas, un poco por su utilidad, y otro poco como recuerdo.

Esa misma tarde, Silvina salió al pueblo, para conseguir algunas provisiones, y en el camino se cruzó con una señora mayor que la observaba con mucha atención. La mujer no perdía detalle de su rostro, y a Silvina le resultó un poco cómica la situación. Sin poder evitar sonreír, le preguntó a la señora si necesitaba algo.
- Tiene usted la misma sonrisa que su abuela. –le dijo la anciana.
- Gracias… ¿Usted la conoció?
- Sí, éramos grandes amigas. Es una lástima que haya fallecido. Además, en circunstancias tan extrañas…

Le pidió a la anciana que le contara sobre su abuela, ya que los abogados sólo se limitaron a lo necesario para poder cobrar sus honorarios, y no le dijeron nada sobre lo que había pasado.
La mujer entonces le contó que su abuela había sido encontrada colgando del techo, con una soga rodeándole el cuello. Según la vecina, era extremadamente raro que la anciana hubiera podido subirse y colgarse sola. Además, ella amaba la vida tanto que era increíble que hubiera decidido abandonarla tan de repente.

- ¿Pero la policía no investigó?.
- Sí, encontraron un banquito cerca del cuerpo, en el suelo, y llegaron a la conclusión de que su abuela se ahorcó subiéndose al banquito.
- ¿Y usted por qué cree que eso es imposible?.
- Porque su abuela amaba ese banquito, era el que usaba cuando usted era pequeña para tejerle abrigadas bufandas, y en memoria del cariño que ella sentía por usted, jamás hubiera pisado sobre el mismo. El tapizado era de terciopelo y se hubiera arruinado.

Luego de oír esto, saludó amablemente a la vecina, y se dirigió hacia la casa.

Jorge, estaba desarmando algunos muebles viejos, con la intención de tirarlos. También había separado algunas cosas que según él se podrían vender. Reconoció inmediatamente entre esas cosas el banquito de la abuela, y como movida por un rayo, se apresuró a tomarlo entre sus manos. ¡El banquito era rojo!.
Lo retuvo como quien tiene entre sus manos lo más precioso del mundo, y le dijo a Jorge que quería guardarlo como recuerdo. Él no dijo nada.
Silvina tenía en ese momento un recuerdo muy vívido de la imagen sobre el espejo: “¡No vendas el banquito rojo!”. Y se estaba preguntando si realmente existían los fantasmas como los del libro, y si de alguna manera su abuela intentaba decirle algo…

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Días después, se encontraba sola en la casa. Jorge había salido a comprar algunas cosas al pueblo, y ella se encontraba ocupada tratando de poner orden en la cocina.
Estaba en esa tarea, cuando con el rabillo del ojo le pareció ver algo. Giró inmediatamente la cabeza, y durante unas décimas de segundo, pudo vislumbrar (o eso le pareció), a su abuela llorando inclinada sobre el banquito. La aparición inmediatamente se esfumó, y no estaba segura de haber visto lo que vio. Finalmente llegó a la conclusión de que se encontraba sugestionada por los últimos acontecimientos, y decidió salir a dar una vuelta para despejarse.
Al salir por la parte de atrás de la casa, le pareció escuchar voces. Se acercó hacia el lugar de donde provenían, y pudo observar a su marido, hablando con dos hombres de traje:
- ¡Pero esta casa vale mucho más que cien mil! –estaba diciendo él- ¡Ustedes no pueden bajarme tanto el precio!. ¡Está bien que me urge venderla, pero tampoco la voy a regalar!.

Silvina no daba crédito a sus ojos. ¿Cómo es que Jorge quería vender la casa?. ¿Y sin hablarlo con ella?. ¡Ah no!. ¡Me va a escuchar!. –dijo para sus adentros.

Volvió a entrar a la casa, y cuando Jorge entró, diciendo que tardó un poco porque no conseguía clavos, ella lo increpó respecto a la conversación que había escuchado afuera.

Jorge cambió inmediatamente la expresión de su rostro. De una mirada inocente y tierna, pasó a la mirada de un hombre que siente mucho odio, y que no se detendrá ante nada para lograr sus más lúgubres intenciones.

Comenzó a sentir miedo al ver esa mirada, y Jorge se abalanzó rápidamente sobre ella, sin darle tiempo a hacer ningún movimiento.

- No luches porque no te vas a poder escapar. Voy a vender esta casa. Ni vos ni nadie me lo va a impedir. Ya me tomé mucho trabajo para asesinar a tu abuela, y ahora que sabés toda la verdad, tengo que hacerlo de nuevo.

Dicho esto, extrajo un cuchillo de entre sus ropas, y comenzaron a forcejear. Ella era bastante fuerte, mucho más que su abuela, y logró safarse de sus brazos, para salir corriendo hacia la puerta, que Jorge, muy convenientemente a sus planes había cerrado con llave.
Silvina corrió entonces hacia una ventana, y Jorge la siguió apresuradamente. Ella estaba segura de que la atraparía esta vez, no tenía escapatoria porque él era más rápido. Sin embargo, algo lo hizo tropezar.
Con cautela se dio vuelta para observar lo que había pasado, y se encontró a Jorge en el suelo, sin moverse. Al caer, por accidente se había clavado a sí mismo el cuchillo en el cuello. A pocos centímetros de sus pies se encontraba el objeto que lo había hecho tropezar: ¡El banquito rojo de la abuela!.

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Silvina finalmente pudo concluir de leer el cuento de Dickens. Para ella era como un símbolo, porque al igual que en el último cuento del libro, la casa de la abuela estaba encantada. Afortunadamente para ella, el fantasma de la abuela estuvo ahí para salvarla.
Sin decir nada, cerró el libro, y tras depositarlo sobre la lápida, se alejó caminando con tranquilidad.
Junto al libro, había dejado una bufanda roja, una flor y una pequeña tarjeta, en la cual con grandes caracteres redondeados había escrito una sola palabra: “¡Gracias!”.

Ruben Ivanoff